En defensa de Venezuela

FMH

Por: Fernando Martínez Heredia

Hay dos maneras de abordar esta iniciativa de la OEA, y de actuar frente a ella. Una consiste en no aceptar que Venezuela esté incumpliendo la Carta Democrática de la OEA, con ayuda de juristas y declaraciones a los medios, y que se intente impedir la celebración de la reunión propuesta por Almagro, por medios legales atinentes al fondo o al procedimiento. Y si, a pesar de todo, la acusación prospera y sesiona el Consejo Permanente, tratar de reunir votos suficientes para que Venezuela no sea suspendida como miembro de la OEA, al no conseguirse la votación calificada a favor que es requerida.

Pero esos esfuerzos podrían ser inútiles, como lo han sido los dirigidos a evitar que un grupo de políticos delincuentes despojara de su cargo a la presidenta del país más grande y poblado de nuestro continente.

Hay otra manera de enfrentar la cuestión. Puede consistir en que un grupo de Estados denuncie el objetivo de derrocar al gobierno legítimo de Venezuela y liquidar la experiencia de cambios sociales y beneficio de las mayorías que se inició allí en 1999, y que la OEA lo hace porque sigue siendo, como desde que se fundó, cómplice y subordinada de Estados Unidos. Y que en consecuencia decida boicotear las reuniones propuestas e invite a todos los demás Estados latinoamericanos y caribeños a hacer lo mismo. Que algunos Estados, al calor de estos hechos, reiteren su proposición de que desaparezca la OEA e inicien acciones fundamentadas con el objetivo de que se extinga esa organización, o en su defecto dejen de pertenecer a ella todos los Estados que lo vayan considerando correcto.

Al mismo tiempo, que se desaten campañas de movimientos sociales, asociaciones e instituciones de los más diversos tipos y orientaciones, agrupadas por el temor común a que vuelvan a retroceder las sociedades latinoamericanas en calidad de la vida y derechos sociales y políticos, y por la decisión común de actuar a favor de sus sociedades y sus países. Sus objetivos inmediatos serían derrotar a los golpistas reaccionarios que intentan despojar a los pueblos y entregar las soberanías nacionales. Su estrategia sería movilizar y crear conciencia al mismo tiempo, rechazar toda acción contraria a los pueblos y a la patria aunque alegue ser legal, y utilizar todas las formas de resistencia y de lucha que sean necesarias.

Esta segunda manera de enfrentar la ofensiva de los opresores y de los Estados Unidos contra los pueblos muestra el único camino que brinda posibilidades de pararlos y derrotarlos. Ningún lamento servirá de nada. Si los pueblos se ponen en marcha, llegarán a ser invencibles y comenzarán a cambiarse a sí mismos y las sociedades.

(Tomado de Telesur)

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Hay en Brasil…una situación kafkiana en pleno desarrollo…

dilma kafka copia

Por: Josué Veloz Serrade

Psicólogo. Miembro de la Red de Jóvenes anticapitalistas y del Proyecto Nuestra América.

En la novela El Proceso (1) de Kafka, K es un empleado de cierta importancia en un banco, pero lleva una existencia simple. Podría ser cualquier persona, usted, yo; ser incluso la presidenta de Brasil, Dilma Rouseff.  En el inicio del relato toma conocimiento de que se le ha iniciado un proceso legal al que tiene que responder. Kafka pone la acusación en suspenso, no necesita decir de qué fue acusado K, lo importante es que se le inicia un proceso y de él no saldrá nunca. K reclama pruebas, discute con impotencia frente a los tribunales, hace uso de todos los argumentos de alguien que se cree inocente y a quien no le han mostrado pruebas de violación a la ley alguna. Todo lo realiza de manera infructuosa.

A la presidenta de Brasil, Dilma Rouseff se le inicia un proceso de Impeachment, no hay una acusación fundamentada, no hay pruebas de un delito, pero ella concurre ante los jueces, intenta dar pruebas de su inocencia y reclama la restitución de la “democracia”, un “estado de derecho” que ha sido violentado. Vive el absurdo de un proceso en que no aparecen las pruebas por ninguna parte, pero comparece ante la justicia, acepta ser destituida, y transcurre un Golpe en Brasil de la manera más descarada e inconcebible.

Uno pudiera hacerse varias preguntas:

¿Cómo es posible un proceso judicial sin pruebas, sin una acusación clara, sin sombra de delito? ¿Qué pudieran tener en común el sujeto kafkiano del relato y Dilma?

K comienza a hacer gestiones para resolver su caso, en ese trayecto además de proveerse de abogado, le recomiendan visitar a un pintor que trabaja para el tribunal haciendo los retratos de los jueces. Este le cuenta, entre otras cosas, que existen tres modos de absolución. Uno de esos modos es la absolución real, que consiste en demostrar la completa inocencia lo que garantiza la absolución total sin que queden huellas del proceso. El pintor le cuenta que en todo el tiempo que se ha dedicado a estar cerca de los jueces nunca ha visto una absolución real. Una vez desencadenado el proceso no es posible volver al estado de inocencia inicial aunque en la realidad no halla sombras de un delito. En la realidad kafkiana todos nos volvemos culpables cuando se inicia un proceso.

¿Cómo podrían el personaje de Kafka y Dilma asumir un proceso si no fueran culpables de algo? ¿Son culpables de lo que se les acusa o son culpables de otra cosa?

Otra forma de absolución es la prórroga ilimitada. En esta el acusado, en compañía de su abogado, comienza toda una serie de procedimientos en los que se alarga de manera ilimitada la primera fase del proceso. Se le llama a declarar continuamente, se revisa su causa, regresa al inicio el proceso, se le hacen interrogatorios breves. Este período para el personaje de la novela se vuelve interminable y circular. Pudiéramos decir que la presidenta Dilma se encuentra en esta fase, pero en el pensamiento kafkiano este tiempo es ilimitado por tanto tampoco garantiza que el personaje de la novela y la presidenta de Brasil, sean declarados inocentes.

La última forma de absolución es la aparente, esta consiste en hacer uso de ciertas influencias que se poseen sobre los jueces. Por esta vía el pintor toma una declaración de inocencia del acusado y se la va presentando a jueces sobre los que tiene cierta influencia. Puede ser que logre el apoyo de la mayoría y eso permita que el sujeto salga en libertad. Pero ello no garantiza que no sea llevado a los tribunales nuevamente pues han quedado todas las huellas del proceso y un juez cualquiera puede abrir nuevamente la causa, y así sucesivamente de manera interminable.

El personaje de Kafka hace esfuerzos vanos por encontrar los apoyos suficientes. A medida que pasa el tiempo se va sumiendo en la soledad, cada intento se vuelve demorado y fallido. En cuanto a Dilma, los apoyos que tuvo de las alianzas de su partido fueron desapareciendo, en muchos casos se declararon abiertamente en su contra. Su vicepresidente es quien dirige ahora el país, y encabeza un proyecto de desmontaje neoliberal que no parece detenerse ante nada.

Varias lecturas son posibles. Primero: en ninguna de las tres formas está la posibilidad de ser declarado inocente, una rueda infernal en la que la culpabilidad no desaparece y la “justicia” siempre vence. Segundo: la justicia en estos casos no consiste en definir si un sujeto efectivamente cometió o no un delito sino el hecho de que el proceso transcurra. Tercero: todos somos culpables aún cuando no se haya desencadenado ningún proceso en contra nuestra, la inocencia total no es posible. Pareciera que de algún crimen somos culpables sin saberlo. ¿Cuál es ese crimen?

En la simbología del universo delirante de Kafka nos podemos permitir una de las muchas posibles miradas. En un estado de derecho donde rigen las leyes del mercado, todos nacemos potencialmente culpables, porque nacemos expropiados: lo propiedad es privada no solo porque le pertenece a alguien sino porque le fue privada a alguien. Algo que nos pertenece nos es quitado de manera permanente, cuestionarlo tiene consecuencias inevitables. K se enfrenta al proceso después que el crimen fue consumado sin que podamos saber de qué se le acusa. En el caso de Dilma sabemos de lo que se le acusa pero no se le demuestra. Ambos luchan contra espectros y por demandas ilusorias: la “justicia”, el “estado de derecho”, la “democracia”: fantasmas-fetiches del gran mercado.

Lo que no le perdonan a Dilma es su pequeño crimen contra las reglas del mercado, no es que ella les vaya a destruir esas reglas, es que un leve rasguño desencadena esas reacciones. Cada cierto tiempo una oveja descarriada debe ser castigada, el estado de derecho burgués está al servicio del mercado: el delito mayor es intentar ponerle freno al Gran Capital: en tal sentido claro que Dilma es culpable, es eso lo que está detrás del juicio, lo demás pura novela a lo TV Globo.

Deberíamos pensar entonces, si más allá de reclamar a organismos internacionales, de comparecencias en la prensa, de entrevistas acerca de los logros sociales que desmonta la derecha reaccionaria brasileña; ¿existe alguna otra posibilidad para Dilma y la sociedad de los excluidos en Brasil?

Intentemos una perspectiva diferente. Cuando Joao Pedro Stedile, uno de los líderes más conocidos del MST (Movimiento Sin Tierra) dice:

no estábamos luchando solo para aplicar el Estatuto de la Tierra, sino contra un Estado burgués, nuestros enemigos son los latifundistas y el Estado,[1]

nos dice que los expropiados tienen que liberarse de la culpa que nos pone el mercado al nacer. No es pidiéndole al Estado de derecho burgués que respete las garantías del debido proceso que seremos liberados del delito que cometimos sin saberlo: es la Revolución como fuente de otro derecho. ¿Y de qué somos culpables, que solo la Revolución nos libera de ello?: de desear aquello de lo que fuimos expropiados.

En el final del relato kafkiano, K, es conducido por dos hombres hacia un lugar apartado, nadie acude en su auxilio y es apuñalado en el corazón. El final estaba escrito en el principio. Lo importante, en esta hora, será saber si el gobierno de Brasil permitirá que le conduzcan de manera tranquila a recibir la puñalada. O ¿quién sabe si el pueblo que ahora mismo están en la calle antes que le apuñalen toma la cuchilla y…?

[1] Mancano Fernandez, Bernardo. (2001). Brava Gente: la trayectoria del MST y la lucha por la tierra en Brasil/ Bernardo Manzano Fernandez, Joao Pedro Stedile. 3ra. Ed.en español. La Habana: Editorial Caminos. Cuba.

 

Los juguetes de mis sobrinos

Por: Frank García Hernández

zunzun

a Gusti y a Alex

Mi sobrino más pequeño cumple cuatro años el miércoles. Aun no tengo regalo para él. Por una maldad de la naturaleza todo lo que contiene lácteo le provoca alergia y eso me obliga a ser muy cuidadoso con lo que pudiese buscar en la calle. Miro los juguetes. Si fuesen caros, yo hubiese reunido, con paciencia, el dinero. Pero no puedo, no está en ninguno de mis bolsillos.

Hace cuestión de unas semanas me dio por encuestar a sus hermanos mayores. Le pregunto a Alex, que ya empezó el preuniversitario, si prefiere aquel esquema que vivió su madre: el básico, el no básico y el dirigido o, el –supuesto- libre albedrío del mercado. Yo lo tiento, le digo que tal vez se pueda pasar un año con malos juguetes, o ninguno, pero de pronto su padre empieza a trabajar en un buen lugar y logra mejores soldados –que no sean de plomo o plástico reciclado- y hasta un tren eléctrico sueco. Para mi sorpresa, él escoge el sistema igualitario ante la impulsión del individualismo. No creo que haya pensado tanto en los demás, es que esa medida a él, como individuo, le provoca alegría, se le traduce en satisfacción. Ello tiene un significado claro: los intereses personales no están reñidos con los intereses colectivos. Esto parece una perogrullada, pero es válido recordarlo. Es válido y urgente recordar que existe en Cuba una muy amplia aceptación de la igualdad como fruto del trabajo colectivo ante la imposición del individualismo, este, generador del egoísmo rancio y traductor de lo lumpenesco o de ladrones de cuello blanco. Porque en últimas, quizá en primeras, los ladrones son la máxima expresión del éxito individual.

Cuando García Márquez visitó la Unión Soviética trajo una conclusión: es cierto, no hay clases, pero están aburridos; tienen casi todo, pero están aburridos. Lo más grave: les hacían creer que carecían del ejercicio del criterio. Vestían igual, comían igual ¿sentían igual? En aras del colectivo, el individuo casi se convierte en El enemigo público y perseguido por los censores. La subjetividad y la alienación se excluyeron de los estudios de la filosofía marxista. Para Moscú, era igual Tatlin, Malevitch o Chagall. Todos incomprensibles artistas, algunos de los cuales, incluso, quisieron hablar en nombre del marxismo. Aquello era insoportable y para evitarse dolores de cabeza se inventaron un realismo socialista.

Nuestra revolución no fue así. Esta revolución está atravesada de punta a cabo por el humanismo martiano. A nosotros nos es ajeno el poder absoluto de los zares. Cuando comenzamos las guerras de la independencia nacimos como república y nunca estuvo en nuestro corpus ideológico la monarquía. Ni el cubano más equivocado optó por ello porque hasta los anexionistas se conducían hacia un sistema republicano, un sistema de pares.

Desde el 10 de abril de 1869 hasta hoy, no hemos dado un título nobiliario. No lo daremos. En cambio ¿qué tenían de fondo los rusos y los pueblos que conformaron con ellos el poder soviético? La monarquía más absolutista de la historia europea, en la cual hablar de ciudadanía era (a)saltar siglos de formación cultural. La aristocracia alemana empleaba como término peyorativo aun en los años cincuenta la palabra burgués.

En el humanismo republicano de Martí no caben tales ideas totalitarias. No en vano los años del Quinquenio Gris son repudiados por todos y repelidos desde la creación cultural, que será siempre mucho mejor que atrincherarse. Cuba supo alcanzar el bienestar participativo del individuo –la libertad- y del colectivo –la igualdad-, mediados por la ética del Apóstol –la fraternidad-, creando así una ideología heterodoxa que es la fusión del marxismo con lo martiano.  De ahí nace el pensamiento político con el cual se nutrirán los revolucionarios. El concepto de revolucionario sobrepasó todas las tendencias de la izquierda en la Cuba posterior al triunfo de enero. Desde los muchos disensos y con los muchos disensos, nacía –nace- el consenso cubano de ser revolucionario. Ningún fidelista se parece a otro y ningún fidelista persigue a otro. Esos son vicios de otras latitudes. En nosotros –un pueblo donde se confunde sociedad civil con sociedad política- está vivo el con todos y por el bien de todos.

Ese proceso de conformación de la Cuba revolucionaria tejió, como producto de su ideología, una red de solidaridades que ha permitido vadear con fuerza las malas economías. El vecino que toca la puerta y regala las libras de arroz que no comerá en el mes. Aquella que hace un arroz con leche y reparte en el edificio. La niña que se queda en la casa de al lado porque los padres trabajan y le envían a la abuela medicinas que no hay en la farmacia.

Ese sentido de la solidaridad, ese sentido de la igualdad y del nacionalismo solidario son nuestro orgullo. Que en Cuba Posible se hable de manera suelta del FMI es un peligro grave. No quiero convocar con ello a los censores, para nada, no se sientan atraídos, por favor, no los quiero, los detesto. Sí quiero dejar sobre el tapete que ventilar la sola posibilidad de la entrada de Cuba al FMI, y comenzar a asumirlo como tema de debate en el imaginario social, es propiciar la compra de la dinamita para los puentes de la igualdad –ya socavada en buena medida-, de la bondad de todo gesto solidario, del nacionalismo sin chauvinismo.

Un amigo colombiano, liberal de la época de Galán y colaborador de Maruja Pachón, me narraba cómo durante su estancia en París por cuatro años, solo conoció a dos personas en su edificio: el loquito del barrio que saludaba a todos y la vecina malas pulgas que pidió que bajasen la música un fin de año. Aquí en La Habana él vive en un condominio de Miramar hará tres años o más. Nadie nunca le ha tocado la puerta.

Mañana es el cumpleaños de mi sobrino más pequeño. Le llevo una colección de la revista Zunzún y una flor.

 

En El Cerro, entre un martes y un miércoles de abril, 2016.

La hora de Pánfilo o la estetización de la política.

mayras

Por: Mayra Sánchez Medina

Proyecto de investigaciones estético filosóficas.Instituto de Filosofía, Cuba.
(Tomado de su página personal en FB).

En medio del fragor de los últimos días y de la tensión que a muchos nos generó la visita del primer presidente de los Estados Unidos de nuestras vidas, destacó, sin lugar a dudas, esa sorpresiva conversación telefónica Pánfilo-Obama que vimos en Tele- avances y en reiteradas presentaciones por Telesur. Recuerdo que en la primera ocasión, mi esposo se reía de mi ingenuidad, pues, “sin lugar a dudas se trataba de un montaje”. Luego supimos que fue real, y, según afirmaciones del propio Luis Silva, respondió a un deseo de Obama y sus asesores. Entonces, todo se aclara…
Además de la sorpresa de lo inusitado -el presidente del país más poderoso del mundo conversando con nuestro Pánfilo-, el incidente nos ha brindado una inmejorable oportunidad de conocer, incluso de vivenciar, algo que hasta ahora nos parecía muy lejano, cosa de libros y películas del sábado, que, por demás, resultan relativamente cotidianos para buena parte del mundo. Hemos sido testigos de una bien hilvanada muestra de estetización de lo político.
A pesar de lo encriptado del titular, cuando hablamos de estetización de lo político nos referimos, justamente, al uso que está haciendo la política actual de elementos de naturaleza estética. Si bien es cierto que son muchos los ejemplos que muestran que esto no es nuevo y que históricamente el poder se ha auxiliado de ciertos dispositivos simbólicos – recordemos la monumentalidad de las tumbas faraónicas y la diferenciación en tocados, escala y apariencia en la representación de los gobernantes de la mayoría de las culturas; las sacralizadas ceremonias de coronación en las cortes europeas; las prácticas de erigir monumentos y conmemorar fechas; …- el siglo XX asistió a la autoconciencia progresiva del papel movilizador de este tipo de artilugios, utilizados hasta la saciedad como armas de dominación económica y política. Hacia mediados de la década del 30 del pasado siglo el pensador alemán Walter Benjamin, introdujo la problemática explícitamente en su hoy clásico ensayo La obra de arte en la era de su reproductividad técnica (1936).
Tomando como contexto el fatídico esplendor del fascismo alemán, Benjamin hace un interesante paralelo entre el actor cinematográfico y el gobernante político, y muestra cómo la aparición de nuevos soportes tecnológicos y los cambios que estos introducen en los modos de percepción y apropiación de los mensajes artísticos, no han impactado solamente la esfera del arte sino que se perciben también en lo social, al punto que llegan a cambiar la forma de hacer política:

“También en la política es perceptible la modificación que constatamos trae consigo la técnica reproductiva en modo de exposición. La crisis actual de las democracias burguesas implica una crisis de las condiciones determinantes de cómo deben presentarse los gobernantes…!el parlamento es su público! (este es visto en su discurso por un sinnúmeros de espectadores y se convierte en primordial la presentación del hombre político ante estos aparatos) los parlamentos quedan desiertos, así como los teatros, la radio y el cine no solo modifican la función del actor profesional, (sino que cambian también los mecanismos de gobernación)… la dirección de dicho cambio es la misma en lo que respecta al actor de cine y al gobernante…”

En su análisis, Benjamin destaca el valor exhibitivo, reconocible también en la nueva obra de arte moderna, como uno de los rasgos del político nuevo que

“…aspira, bajo determinadas condiciones sociales, a exhibir sus actuaciones de maneras más comprobables e incluso más asumibles. De lo cual resulta una nueva selección ante esos aparatos y de ellas salen vencedores el dictador y la estrella de cine…”

Este valor exhibitivo que gracias a la técnica va a adquirir el producto cinematográfico, será analizado por Benjamin, como uno de los resortes que utiliza el fascismo en su demagogia, y que también estudiarían Adorno y Horkheimer en la Dialéctica del Iluminismo. Desde este mecanismo de exhibición – expresión, extrae su noción de esteticismo político , como el marco social que establece el poder, apoyado en la tecnología, cuando hace posible una participación popular solo a nivel formal y representacional, solo en el plano estético.

“El fascismo- afirma Benjamín – intenta organizar las masas recientemente proletarizadas sin tocar las condiciones de la propiedad que dichas masas urgen por suprimir. El fascismo ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por asomo hagan valer sus derechos). Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las condiciones de la propiedad; el fascismo procura que se expresen precisamente en la conservación de dichas condiciones. En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política”.

Otra de las premoniciones geniales de Benjamín está en el centro mismo de la noción actual de estetización: “…La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma”. “ Justamente, la espectacularidad de la sociedad capitalista, ha sido ampliamente reconocida desde la profética obra de Debord. Para él, el “espectáculo” es la comunicación humana devenida mercancía.
Esto se aprecia abiertamente en nuestros días: más allá de los programas políticos y sus agendas; en las confrontaciones entre partidos y pujas por alcanzar las bancas parlamentarias, las estrategias de poder apelan a los llamados mecanismos “blandos” dirigidos a sensibilizar, conmover, seducir, esgrimiendo como armas refinadas la apariencia y el carisma de los líderes (se habla de una veddetización de los gobernantes), cuyos estudiados gestos intentan impactar la sensibilidad de sus votantes. Asesores de imagen, fotógrafos, maquilladores y hasta peluqueros propios, integran el staff de los políticos-vedettes, que hacen cursos para saber desenvolverse ante las cámaras y descubren los invisibles secretos del lenguaje corporal. En estas lides, los que más destacan por su habilidad histriónica, tienen grandes posibilidades de vencer a sus contendientes en las justas electorales.
Con estas contingencias, estudiar la política se ha convertido en un asunto bien complejo. De hecho, asistir a ella como observadores, reclama de una mirada aguzada y alerta, que si bien se detenga en las acciones y relaciones de las instituciones políticas reconocidas – el estado, los partidos, los estamentos y las leyes- se extienda al extenso campo de la subjetividad y su marco sensible, espacio en que también se están estimulando los resortes internos de lo político.
Obama y sus asesores nos brindaron una clase magistral de cómo operar estos resortes en la comunicación política, utilizando al humor como recurso, desde uno de sus personajes más reconocidos y aceptados por el gusto popular. Sonriamos entonces, pero, sin ingenuidad. Ya sabíamos que el campo de batalla política se había tornado en un espacio marcadamente cultural. Aquí tenemos una excelente muestra.

Ahora que se fue Obama

ahora que se fue

Por: Fernando Luis Rojas

En varios medios se dio un pulso, a veces velado, en relación con la visita del presidente norteamericano Barack Obama a la isla. Las opiniones transitaron desde las críticas realizadas por la extrema derecha cubanoamericana, que se opone al restablecimiento de las relaciones entre los dos países, hasta los que perciben una concesión por parte del gobierno cubano a su tradicional postura antimperialista y crítica del papel que los Estados Unidos ha jugado en el empoderamiento de un sistema de colonialidad global de nuevo tipo.

Particularmente, me quedo con las posiciones de jóvenes que desde plataformas como el Proyecto Nuestra América y la Red de Jóvenes Anticapitalistas han formulado declaraciones y realizado eventos que reconocen al mismo tiempo: 1. Lo positivo de este proceso de restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba; 2. La reiteración de las demandas históricas del gobierno y pueblo cubano, como el fin del bloqueo, la devolución de la ilegalmente ocupada base Naval de Guantánamo y la incorporación de otras relacionadas con el papel que están jugando – ahora mismo, con la presidencia de Obama – los círculos de poder en el desmontaje y desestabilización de los proyectos de izquierda en Latinoamérica; 3. El reconocimiento de la complejidad y diversidad del contexto cubano, justo cuando se inicia esta recomposición de las relaciones; y 4. La resistencia a que la visita defina la agenda de discusión interna, deseo torpedeado por la comparecencia realizada por el político invitado en el teatro Alicia Alonso.

En esta ocasión nos interesan esos dos últimos aspectos, en particular el referido a la coyuntura cubana actual; especialmente para hacer un guiño burlón a Obama y decirle: solo dejé de hablar de nuestros problemas porque estabas de visita.

El análisis que propongo, pasa por una mirada a la cultura política o las culturas políticas que coexisten en Cuba en estos momentos. Ya eso es un punto de partida. Si en los años setenta y ochenta podía asumirse la existencia de una cultura política hegemónica que conectaba significativamente las prácticas estatales y partidistas con sus expresiones en la población, ahora esa presencia de una cultura política hegemónica está más difusa. La diversidad debe entenderse en la acumulación, que pasa por las décadas precedentes, pero se relanzó y resignificó en la crisis de los noventa y sus efectos hasta hoy.

¿Qué problemáticas generan las transformaciones ocurridas y cómo dialogar con ellas? Pasa por alejarnos de los esencialismos. Esta es quizás una de las herencias más fuertes que recibimos antes de la caída del Muro de Berlín. La propia inserción de Cuba en el contexto internacional se produjo, hasta esos años y en ocasiones a pesar nuestro, en un clima de esencialismo: la división entre las órbitas imperial norteamericana y euro-occidental y el satelitalismo promovido por la Unión Soviética y el “socialismo realmente existente”. Esa herencia ha llevado a muchos cubanos a la práctica epistemológica y política de analizar los procesos desde la polarización de las contradicciones, y no desde la mirada que recorre – en toda su diversidad – la distancia entre las antípodas. En términos cromáticos, recibimos una acumulación que potencia las visiones en blanco y negro.

¿Cómo se refleja en la percepción sobre los asuntos concretos cubanos? En materia económica, por ejemplo, la debilidad de la empresa estatal y el estímulo del llamado “trabajo por cuenta propia” han legitimado, ante la gente, el lugar de “lo privado” como espacio de éxito. Por eso no debe sorprender que en el discurso del cambio táctico del gobierno de Obama para desmontar el sistema político cubano, la iniciativa empresarial privada tenga un peso significativo. Las distorsiones pasan por varios asuntos: 1. La sombrilla eufemística del término “trabajo por cuenta propia”, donde se unifican los autoempleados, los trabajadores contratados y los empresarios que reciben plusvalor de la explotación –dulce en medio de la desnaturalización del lugar del trabajo en el sector estatal– de la fuerza de trabajo; 2. El lugar preterido que han ocupado en las transformaciones otras formas de propiedad como las cooperativas; 3. La debilidad de organizaciones como la Central de Trabajadores de Cuba para atraer a los autoempleados y trabajadores contratados y plantar cara –desde la exigencia de normas legales– al rutilante empresariado privado.

Hay otro esencialismo tras estos elementos. La idea de que lo estatal es lo caduco, lo no funcional, lo no democrático; y por tanto, lo privado es lo novedoso, lo plural: lo legítimo. Esta percepción tiene ramificaciones, por ejemplo en las exigencias de diferentes gremios para la aprobación de determinadas normas legales que regulen (o desregulen) sus actividades. En este sentido, dos cosas: por un lado, tiene legitimidad cualquier exigencia grupal –en el entendido que no sea una asociación que se construya sobre la base de intereses externos– planteada sobre la necesidad de un diálogo con el Estado. Por otro lado, hay una diferencia entre definir una demanda como grupal o presentarla como una exigencia nacional. Esta última, que podría servir como forma de legitimación, implicaría mi incorporación como igual en la propuesta que hacen los gremios, asociaciones o grupos. Si lo estatal es antidemocrático, ¿lo gremial o grupal no puede serlo también?, ¿no debo concurrir como igual a la elaboración de una propuesta si la están presentando – antes de consultarme – como un reclamo de todos? Esos son los efectos de los esencialismos, en la crítica a lo estatal pueden estar veladas formas de reproducir un esquema vertical y excluyente también.

Está el caso, por ejemplo, de los medios de comunicación. He asistido a espacios que han simplificado las contradicciones desde la división entre “lo oficial” y “lo público”. Más allá de las preguntas de partida que saltan: ¿qué definiciones se asumen?, ¿cuáles son las fronteras entre lo oficial y lo público?, ¿están irremediablemente reñidos? Bajo este manto se enmascaran otras categorías como lo privado y lo grupal. Desde mi incipiente experiencia de bloguero, puedo asumir, incluir, recoger las experiencias y criterios de mucha gente; pero en última instancia estoy (estamos, porque somos un grupo) planteando una agenda propia, con conexiones diversas, pero definida por nosotros. Los consejos editoriales definen públicos meta, ¿acaso no definen agendas e intereses por aspiraciones económicas, ideológicas o políticas? Las limitaciones en estas lecturas obedecen también a los esencialismos que en Cuba prevalecen sobre las lecturas del poder.

Ciertamente el gobierno y el Estado han contribuido culturalmente a estas simplificaciones, en las que de hecho han llevado la peor parte al cargar con la etiqueta de “poder absoluto”. Solo así puede entenderse que otras plataformas, que intentan legitimarse desde su crítica al Estado y el Partido, puedan presentarse como “alternativas” cuando en realidad reproducen un empoderamiento grupal o individual, en mucho menor diálogo con la población que el que tienen las instituciones. Parece un juego de palabras, lo que se presenta como antihegemónico intenta sistematizar nuevas hegemonías con un menor consenso, desde la coerción ejercida a través de lo simbólico y lo cultural.

Para quienes no creemos en la anarquía, ni en palabras altisonantes que huyen del reconocimiento del papel del Estado y alaban la cualidad democrática –que no es consustancial al pluripartidismo y a las elecciones presidenciales como se demuestra en el mundo todos los días–, se impone la recomposición y relanzamiento del diálogo entre el gobierno revolucionario, las estructuras dirigentes del Partido Comunista y el pueblo. Un diálogo con implicaciones prácticas, que tenga como base el elemento que tiene la centralidad para muchos: lo económico. Porque, como expresión de esa real movilidad no esencialista, hay muchos autodenominados “revolucionarios” en Cuba que se esconden en la centralidad de lo económico para actuar un día privilegiando lo político, otro lo ético y otro sus deseos personales.

La Habana, 23 de marzo de 2016.

La Feria de los dinosaurios

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Por: Rey Montalvo
Por sugerencia de una amiga salí a buscar 1984 en la fortaleza San Carlos de la Cabaña, sede principal de la Feria Internacional del Libro de La Habana; pero la polémica novela de Oswell se agotó demasiado rápido y no alcancé a descubrir, en ese entonces, la relación de Winston y su pánico a las ratas, con el Gran Hermano.
Un hombre me gritó: “Compra el libro más vendido de la Feria, regálate los rompecabezas de dinosaurios”. Lo vi de lejos en las mesas y luego en muchos bolsos, sentí una ligera angustia.
Caminé desorientado entre pregones y olores (no a libro, sino a comida); estaba medio aturdido por la música alta y divergente al contexto literario. Después de una búsqueda exhaustiva, encontré una biografía de Neruda a solo tres pesos en moneda nacional (que agradecí asombrado), un ejemplar de Infidente, premio de novela Alejo Carpentier 2015, y algunos textos de cocina para cultivar pasiones.
Siempre aplaudo el asequible precio de muchos libros, mayormente en plataformas cubanas, la oportunidad exquisita de conocer autores y la presencia de diversas editoriales lo cual, también, garantiza variedad.
Si no salí en paz del lugar no fue tanto por la ausencia de Elpidio Valdés para los niños, porque las Barbies, Mickey Mouse y Winnie Pooh son sustitutos remotos (infelizmente), que además se alzan como símbolos en todas las atracciones; no fueron los afiches de Leo Messi y Cristiano Ronaldo por todas partes como escritores valiosos, y muchos jóvenes sin conocer el rostro de Nicolás Guillén, ni su merecida condición de Poeta Nacional; no fue la ubicación desprolija de las editoriales, donde a un patrimonio como Vigía la rodeaban camisetas del Fútbol Club Barcelona; tuvo que ver (sintiéndolo como un todo) con el peligroso vaho del consumismo neoliberal, los alaridos de los mercaderes para ofertar sus libros sin letras, cotizados por niños y adultos con una posición económica alta.
Me decepcionó la falta de Galeano y Benedetti (uruguayos, por demás) en los estantes; la abundancia de textos caros mientras más ligeros; el rostro de algunos, que como yo, no encontraron la dignidad que fuimos a buscar en la Feria.
¿Merecen los autores, después de tanto proceso creativo, no poder presentar su libro con comodidad por el ruido de varios cantos a la vez? ¿Merecen las instituciones cultivadoras del buen arte, después de muchos meses de preparación, que el efectismo mercantil estigmatice el evento? ¿Merecen los lectores serios sentirse desplazados de su propia casa?
Está en peligro la identidad cultural, la supervivencia del buen gusto, la perdurabilidad del evento como una plataforma mística y no como una feria de culto a la gastronomía musical, los trampolines para niños y la farándula deportiva. Existe el riesgo de olvidar autores propios y perder los símbolos de nuestra literatura. No quiero vivir un futuro de alienación y desmemoria.
Al final le pedí prestado a mi amiga aquel libro que buscaba, me cautivó la trama y no pude desprenderme de él hasta el final. Me identifiqué con el personaje, porque también temo demasiado a las ratas; no obstante, descubrí que no era mi mayor miedo. Profundamente me hace temblar la idea de escuchar, otra vez, que lo más vendido de la Feria Internacional del Libro son rompecabezas de dinosaurios.
Tomado de LaOpinión