Ahora que se fue Obama

ahora que se fue

Por: Fernando Luis Rojas

En varios medios se dio un pulso, a veces velado, en relación con la visita del presidente norteamericano Barack Obama a la isla. Las opiniones transitaron desde las críticas realizadas por la extrema derecha cubanoamericana, que se opone al restablecimiento de las relaciones entre los dos países, hasta los que perciben una concesión por parte del gobierno cubano a su tradicional postura antimperialista y crítica del papel que los Estados Unidos ha jugado en el empoderamiento de un sistema de colonialidad global de nuevo tipo.

Particularmente, me quedo con las posiciones de jóvenes que desde plataformas como el Proyecto Nuestra América y la Red de Jóvenes Anticapitalistas han formulado declaraciones y realizado eventos que reconocen al mismo tiempo: 1. Lo positivo de este proceso de restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba; 2. La reiteración de las demandas históricas del gobierno y pueblo cubano, como el fin del bloqueo, la devolución de la ilegalmente ocupada base Naval de Guantánamo y la incorporación de otras relacionadas con el papel que están jugando – ahora mismo, con la presidencia de Obama – los círculos de poder en el desmontaje y desestabilización de los proyectos de izquierda en Latinoamérica; 3. El reconocimiento de la complejidad y diversidad del contexto cubano, justo cuando se inicia esta recomposición de las relaciones; y 4. La resistencia a que la visita defina la agenda de discusión interna, deseo torpedeado por la comparecencia realizada por el político invitado en el teatro Alicia Alonso.

En esta ocasión nos interesan esos dos últimos aspectos, en particular el referido a la coyuntura cubana actual; especialmente para hacer un guiño burlón a Obama y decirle: solo dejé de hablar de nuestros problemas porque estabas de visita.

El análisis que propongo, pasa por una mirada a la cultura política o las culturas políticas que coexisten en Cuba en estos momentos. Ya eso es un punto de partida. Si en los años setenta y ochenta podía asumirse la existencia de una cultura política hegemónica que conectaba significativamente las prácticas estatales y partidistas con sus expresiones en la población, ahora esa presencia de una cultura política hegemónica está más difusa. La diversidad debe entenderse en la acumulación, que pasa por las décadas precedentes, pero se relanzó y resignificó en la crisis de los noventa y sus efectos hasta hoy.

¿Qué problemáticas generan las transformaciones ocurridas y cómo dialogar con ellas? Pasa por alejarnos de los esencialismos. Esta es quizás una de las herencias más fuertes que recibimos antes de la caída del Muro de Berlín. La propia inserción de Cuba en el contexto internacional se produjo, hasta esos años y en ocasiones a pesar nuestro, en un clima de esencialismo: la división entre las órbitas imperial norteamericana y euro-occidental y el satelitalismo promovido por la Unión Soviética y el “socialismo realmente existente”. Esa herencia ha llevado a muchos cubanos a la práctica epistemológica y política de analizar los procesos desde la polarización de las contradicciones, y no desde la mirada que recorre – en toda su diversidad – la distancia entre las antípodas. En términos cromáticos, recibimos una acumulación que potencia las visiones en blanco y negro.

¿Cómo se refleja en la percepción sobre los asuntos concretos cubanos? En materia económica, por ejemplo, la debilidad de la empresa estatal y el estímulo del llamado “trabajo por cuenta propia” han legitimado, ante la gente, el lugar de “lo privado” como espacio de éxito. Por eso no debe sorprender que en el discurso del cambio táctico del gobierno de Obama para desmontar el sistema político cubano, la iniciativa empresarial privada tenga un peso significativo. Las distorsiones pasan por varios asuntos: 1. La sombrilla eufemística del término “trabajo por cuenta propia”, donde se unifican los autoempleados, los trabajadores contratados y los empresarios que reciben plusvalor de la explotación –dulce en medio de la desnaturalización del lugar del trabajo en el sector estatal– de la fuerza de trabajo; 2. El lugar preterido que han ocupado en las transformaciones otras formas de propiedad como las cooperativas; 3. La debilidad de organizaciones como la Central de Trabajadores de Cuba para atraer a los autoempleados y trabajadores contratados y plantar cara –desde la exigencia de normas legales– al rutilante empresariado privado.

Hay otro esencialismo tras estos elementos. La idea de que lo estatal es lo caduco, lo no funcional, lo no democrático; y por tanto, lo privado es lo novedoso, lo plural: lo legítimo. Esta percepción tiene ramificaciones, por ejemplo en las exigencias de diferentes gremios para la aprobación de determinadas normas legales que regulen (o desregulen) sus actividades. En este sentido, dos cosas: por un lado, tiene legitimidad cualquier exigencia grupal –en el entendido que no sea una asociación que se construya sobre la base de intereses externos– planteada sobre la necesidad de un diálogo con el Estado. Por otro lado, hay una diferencia entre definir una demanda como grupal o presentarla como una exigencia nacional. Esta última, que podría servir como forma de legitimación, implicaría mi incorporación como igual en la propuesta que hacen los gremios, asociaciones o grupos. Si lo estatal es antidemocrático, ¿lo gremial o grupal no puede serlo también?, ¿no debo concurrir como igual a la elaboración de una propuesta si la están presentando – antes de consultarme – como un reclamo de todos? Esos son los efectos de los esencialismos, en la crítica a lo estatal pueden estar veladas formas de reproducir un esquema vertical y excluyente también.

Está el caso, por ejemplo, de los medios de comunicación. He asistido a espacios que han simplificado las contradicciones desde la división entre “lo oficial” y “lo público”. Más allá de las preguntas de partida que saltan: ¿qué definiciones se asumen?, ¿cuáles son las fronteras entre lo oficial y lo público?, ¿están irremediablemente reñidos? Bajo este manto se enmascaran otras categorías como lo privado y lo grupal. Desde mi incipiente experiencia de bloguero, puedo asumir, incluir, recoger las experiencias y criterios de mucha gente; pero en última instancia estoy (estamos, porque somos un grupo) planteando una agenda propia, con conexiones diversas, pero definida por nosotros. Los consejos editoriales definen públicos meta, ¿acaso no definen agendas e intereses por aspiraciones económicas, ideológicas o políticas? Las limitaciones en estas lecturas obedecen también a los esencialismos que en Cuba prevalecen sobre las lecturas del poder.

Ciertamente el gobierno y el Estado han contribuido culturalmente a estas simplificaciones, en las que de hecho han llevado la peor parte al cargar con la etiqueta de “poder absoluto”. Solo así puede entenderse que otras plataformas, que intentan legitimarse desde su crítica al Estado y el Partido, puedan presentarse como “alternativas” cuando en realidad reproducen un empoderamiento grupal o individual, en mucho menor diálogo con la población que el que tienen las instituciones. Parece un juego de palabras, lo que se presenta como antihegemónico intenta sistematizar nuevas hegemonías con un menor consenso, desde la coerción ejercida a través de lo simbólico y lo cultural.

Para quienes no creemos en la anarquía, ni en palabras altisonantes que huyen del reconocimiento del papel del Estado y alaban la cualidad democrática –que no es consustancial al pluripartidismo y a las elecciones presidenciales como se demuestra en el mundo todos los días–, se impone la recomposición y relanzamiento del diálogo entre el gobierno revolucionario, las estructuras dirigentes del Partido Comunista y el pueblo. Un diálogo con implicaciones prácticas, que tenga como base el elemento que tiene la centralidad para muchos: lo económico. Porque, como expresión de esa real movilidad no esencialista, hay muchos autodenominados “revolucionarios” en Cuba que se esconden en la centralidad de lo económico para actuar un día privilegiando lo político, otro lo ético y otro sus deseos personales.

La Habana, 23 de marzo de 2016.

El Punto, versión cero.cero

Entre los días 19 y 23 de noviembre de 2015 se realizó en la ciudad de Santiago de Cuba la tercera edición del Encuentro de jóvenes de izquierda, que desde el año 2012 convoca la Universidad de Oriente. Coordinado por jóvenes, el evento pretende servir como plataforma de articulación y difusión del pensamiento revolucionario en Cuba y América Latina, desde el debate intergeneracional y la recuperación de la memoria histórica.

En esta ocasión participaron investigadores, profesores y estudiantes de la Universidad de Oriente y otras instituciones de la ciudad de Santiago de Cuba, así como una delegación de La Habana. Como ha sido tradicional en estos cónclaves, también tuvieron se sumaron varios jóvenes latinoamericanos que estudian en Cuba.

El 21 de noviembre, quienes asistimos al encuentro acordamos la fundación de la “Red de jóvenes anticapitalistas”, cuyos propósitos, características y proyecciones iniciales explicamos en el documento que presentamos a continuación:

 

“Red de jóvenes anticapitalistas”

Surge la “red de jóvenes anticapitalistas” como un bloque intergeneracional[1] para la promoción del pensamiento anticapitalista y como ámbito de acciones revolucionarias frente a los desafíos de la emancipación socialista[2] en Cuba, América Latina y el mundo.

La red se constituye cuando el imperio del capital en el mundo arrecia su guerra cultural de recolonización de las mentes, las voluntades, la definición de las opciones de transformación, y las vidas de millones de personas, a las que se les invita o se les impone la resignación a la sociedad capitalista mundializada.

En Cuba, la despolitización de amplios sectores de la sociedad, su reclusión a los espacios privados, además del economicismo rampante que busca situarse en la base de las políticas económicas, la escasa participación del pueblo en su control, y la debilidad de las instituciones y organizaciones como sus proveedoras, son algunos datos de la realidad nacional que hacen peligrar la reproducción ampliada del proyecto revolucionario y de su hegemonía libertaria.

Porque entendemos que la defensa de la revolución socialista de liberación nacional en Cuba, y su relanzamiento en las actuales condiciones, no puede acontecer como ciega obediencia o confianza en un resultado garantizado de antemano, sino otra vez como inventiva de poder popular y creación, fundamos también la “red de jóvenes anticapitalistas”.

Objetivo general:

  • Relanzar el socialismo y el anticapitalismo como fundamentos revolucionarios de las prácticas políticas y sociales en Cuba, América Latina y el mundo.

Objetivos específicos:

  • Estimular la apropiación crítica del pensamiento marxista como base para develar las estrategias de dominación capitalista e identificar nuevos caminos de construcción del socialismo.
  • Recuperar y divulgar el legado de las luchas y del pensamiento revolucionario en América Latina y en el mundo, en particular: la experiencia de la revolución cubana en el poder.
  • Desarrollar prácticas participativas, creadoras y conscientes que contribuyan con la búsqueda de soluciones revolucionarias a los problemas sociales acumulados en diferentes espacios (económicos, barriales, rurales, institucionales, etc.).
  • Integrar los propósitos y esfuerzos organizativos de colectivos y personas que compartan con la red objetivos comunes, a fin de enriquecer la fuerza de la acción colectiva.

Líneas de acción:

  • Formación
  • Consolidación organizativa
  • Comunicación
  • Solidaridad internacionalista
  • Trabajo de incidencia en escuelas, universidades, comunidades, instituciones, etc.

 

Si te interesa incorporarte, colaborar o plantear cualquier duda puede escribir a: redjovenesanticapitalistas@gmail.com

 

 

[1] Más allá de la condición biológica, se asume la juventud en tanto condición política revolucionaria. De ahí que se fundan en la composición de la red –como una sola– la dimensión joven e intergeneracional. Son los objetivos de la red los que acercan nuestras edades y las vuelven factor unitario que enriquece la acción colectiva a partir de la diversidad de experiencias de vida contenidas en ellas. Por tanto, la red convoca y considera jóvenes a tod@s l@s revolucionari@s, con independencia de la cantidad de años del empaque físico. Es la edad de espíritu el dato más relevante.

[2] Aunque se trata de una idea que, por su inseparable vínculo con la práctica, ha de estar en permanente construcción, convenimos entender por socialismo: la socialización creciente de los medios de producción, del poder y de la cultura/conocimiento; un modo histórico de organización de la vida de las personas que promueva: la erradicación de todas las dominaciones, exclusiones, explotación y jerarquías de unas personas sobre otras; la preservación del medio natural a partir de la eliminación del sistema social de consumo que lo degrada: el capitalismo; la solidaridad humana en vez del egoísmo; la desmercantilización progresiva de la vida y la promoción de estímulos colectivos (morales, materiales y de participación política) en lugar de la competencia y las zanahorias individuales; la igualdad de oportunidades entre tod@s en vez de la acumulación de riqueza o privilegios por parte de un grupo minoritario de personas; la dirección cada vez más social y mejor estatal de la sociedad a todos los niveles (esto es: el desarrollo y perfeccionamiento de formas de control popular sobre el funcionamiento del sistema político, y la elevación constante de la capacidad de este último, de sus componentes y de la relación entre ellos, de servir al desafío de la profundización socialista mediante el debate franco y abierto de los problemas que enfrentamos, la participación decisiva de tod@s en la búsqueda de soluciones, en la gestión y conducción de los espacios laborales, estudiantiles, comunitarios y organizativos donde se (auto)produce y (re)produce la vida personal (material y espiritual) de cada un@ y la vida económica, cultural, política y social del proyecto de liberación socialista.