Los juguetes de mis sobrinos

Por: Frank García Hernández

zunzun

a Gusti y a Alex

Mi sobrino más pequeño cumple cuatro años el miércoles. Aun no tengo regalo para él. Por una maldad de la naturaleza todo lo que contiene lácteo le provoca alergia y eso me obliga a ser muy cuidadoso con lo que pudiese buscar en la calle. Miro los juguetes. Si fuesen caros, yo hubiese reunido, con paciencia, el dinero. Pero no puedo, no está en ninguno de mis bolsillos.

Hace cuestión de unas semanas me dio por encuestar a sus hermanos mayores. Le pregunto a Alex, que ya empezó el preuniversitario, si prefiere aquel esquema que vivió su madre: el básico, el no básico y el dirigido o, el –supuesto- libre albedrío del mercado. Yo lo tiento, le digo que tal vez se pueda pasar un año con malos juguetes, o ninguno, pero de pronto su padre empieza a trabajar en un buen lugar y logra mejores soldados –que no sean de plomo o plástico reciclado- y hasta un tren eléctrico sueco. Para mi sorpresa, él escoge el sistema igualitario ante la impulsión del individualismo. No creo que haya pensado tanto en los demás, es que esa medida a él, como individuo, le provoca alegría, se le traduce en satisfacción. Ello tiene un significado claro: los intereses personales no están reñidos con los intereses colectivos. Esto parece una perogrullada, pero es válido recordarlo. Es válido y urgente recordar que existe en Cuba una muy amplia aceptación de la igualdad como fruto del trabajo colectivo ante la imposición del individualismo, este, generador del egoísmo rancio y traductor de lo lumpenesco o de ladrones de cuello blanco. Porque en últimas, quizá en primeras, los ladrones son la máxima expresión del éxito individual.

Cuando García Márquez visitó la Unión Soviética trajo una conclusión: es cierto, no hay clases, pero están aburridos; tienen casi todo, pero están aburridos. Lo más grave: les hacían creer que carecían del ejercicio del criterio. Vestían igual, comían igual ¿sentían igual? En aras del colectivo, el individuo casi se convierte en El enemigo público y perseguido por los censores. La subjetividad y la alienación se excluyeron de los estudios de la filosofía marxista. Para Moscú, era igual Tatlin, Malevitch o Chagall. Todos incomprensibles artistas, algunos de los cuales, incluso, quisieron hablar en nombre del marxismo. Aquello era insoportable y para evitarse dolores de cabeza se inventaron un realismo socialista.

Nuestra revolución no fue así. Esta revolución está atravesada de punta a cabo por el humanismo martiano. A nosotros nos es ajeno el poder absoluto de los zares. Cuando comenzamos las guerras de la independencia nacimos como república y nunca estuvo en nuestro corpus ideológico la monarquía. Ni el cubano más equivocado optó por ello porque hasta los anexionistas se conducían hacia un sistema republicano, un sistema de pares.

Desde el 10 de abril de 1869 hasta hoy, no hemos dado un título nobiliario. No lo daremos. En cambio ¿qué tenían de fondo los rusos y los pueblos que conformaron con ellos el poder soviético? La monarquía más absolutista de la historia europea, en la cual hablar de ciudadanía era (a)saltar siglos de formación cultural. La aristocracia alemana empleaba como término peyorativo aun en los años cincuenta la palabra burgués.

En el humanismo republicano de Martí no caben tales ideas totalitarias. No en vano los años del Quinquenio Gris son repudiados por todos y repelidos desde la creación cultural, que será siempre mucho mejor que atrincherarse. Cuba supo alcanzar el bienestar participativo del individuo –la libertad- y del colectivo –la igualdad-, mediados por la ética del Apóstol –la fraternidad-, creando así una ideología heterodoxa que es la fusión del marxismo con lo martiano.  De ahí nace el pensamiento político con el cual se nutrirán los revolucionarios. El concepto de revolucionario sobrepasó todas las tendencias de la izquierda en la Cuba posterior al triunfo de enero. Desde los muchos disensos y con los muchos disensos, nacía –nace- el consenso cubano de ser revolucionario. Ningún fidelista se parece a otro y ningún fidelista persigue a otro. Esos son vicios de otras latitudes. En nosotros –un pueblo donde se confunde sociedad civil con sociedad política- está vivo el con todos y por el bien de todos.

Ese proceso de conformación de la Cuba revolucionaria tejió, como producto de su ideología, una red de solidaridades que ha permitido vadear con fuerza las malas economías. El vecino que toca la puerta y regala las libras de arroz que no comerá en el mes. Aquella que hace un arroz con leche y reparte en el edificio. La niña que se queda en la casa de al lado porque los padres trabajan y le envían a la abuela medicinas que no hay en la farmacia.

Ese sentido de la solidaridad, ese sentido de la igualdad y del nacionalismo solidario son nuestro orgullo. Que en Cuba Posible se hable de manera suelta del FMI es un peligro grave. No quiero convocar con ello a los censores, para nada, no se sientan atraídos, por favor, no los quiero, los detesto. Sí quiero dejar sobre el tapete que ventilar la sola posibilidad de la entrada de Cuba al FMI, y comenzar a asumirlo como tema de debate en el imaginario social, es propiciar la compra de la dinamita para los puentes de la igualdad –ya socavada en buena medida-, de la bondad de todo gesto solidario, del nacionalismo sin chauvinismo.

Un amigo colombiano, liberal de la época de Galán y colaborador de Maruja Pachón, me narraba cómo durante su estancia en París por cuatro años, solo conoció a dos personas en su edificio: el loquito del barrio que saludaba a todos y la vecina malas pulgas que pidió que bajasen la música un fin de año. Aquí en La Habana él vive en un condominio de Miramar hará tres años o más. Nadie nunca le ha tocado la puerta.

Mañana es el cumpleaños de mi sobrino más pequeño. Le llevo una colección de la revista Zunzún y una flor.

 

En El Cerro, entre un martes y un miércoles de abril, 2016.

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La Feria de los dinosaurios

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Por: Rey Montalvo
Por sugerencia de una amiga salí a buscar 1984 en la fortaleza San Carlos de la Cabaña, sede principal de la Feria Internacional del Libro de La Habana; pero la polémica novela de Oswell se agotó demasiado rápido y no alcancé a descubrir, en ese entonces, la relación de Winston y su pánico a las ratas, con el Gran Hermano.
Un hombre me gritó: “Compra el libro más vendido de la Feria, regálate los rompecabezas de dinosaurios”. Lo vi de lejos en las mesas y luego en muchos bolsos, sentí una ligera angustia.
Caminé desorientado entre pregones y olores (no a libro, sino a comida); estaba medio aturdido por la música alta y divergente al contexto literario. Después de una búsqueda exhaustiva, encontré una biografía de Neruda a solo tres pesos en moneda nacional (que agradecí asombrado), un ejemplar de Infidente, premio de novela Alejo Carpentier 2015, y algunos textos de cocina para cultivar pasiones.
Siempre aplaudo el asequible precio de muchos libros, mayormente en plataformas cubanas, la oportunidad exquisita de conocer autores y la presencia de diversas editoriales lo cual, también, garantiza variedad.
Si no salí en paz del lugar no fue tanto por la ausencia de Elpidio Valdés para los niños, porque las Barbies, Mickey Mouse y Winnie Pooh son sustitutos remotos (infelizmente), que además se alzan como símbolos en todas las atracciones; no fueron los afiches de Leo Messi y Cristiano Ronaldo por todas partes como escritores valiosos, y muchos jóvenes sin conocer el rostro de Nicolás Guillén, ni su merecida condición de Poeta Nacional; no fue la ubicación desprolija de las editoriales, donde a un patrimonio como Vigía la rodeaban camisetas del Fútbol Club Barcelona; tuvo que ver (sintiéndolo como un todo) con el peligroso vaho del consumismo neoliberal, los alaridos de los mercaderes para ofertar sus libros sin letras, cotizados por niños y adultos con una posición económica alta.
Me decepcionó la falta de Galeano y Benedetti (uruguayos, por demás) en los estantes; la abundancia de textos caros mientras más ligeros; el rostro de algunos, que como yo, no encontraron la dignidad que fuimos a buscar en la Feria.
¿Merecen los autores, después de tanto proceso creativo, no poder presentar su libro con comodidad por el ruido de varios cantos a la vez? ¿Merecen las instituciones cultivadoras del buen arte, después de muchos meses de preparación, que el efectismo mercantil estigmatice el evento? ¿Merecen los lectores serios sentirse desplazados de su propia casa?
Está en peligro la identidad cultural, la supervivencia del buen gusto, la perdurabilidad del evento como una plataforma mística y no como una feria de culto a la gastronomía musical, los trampolines para niños y la farándula deportiva. Existe el riesgo de olvidar autores propios y perder los símbolos de nuestra literatura. No quiero vivir un futuro de alienación y desmemoria.
Al final le pedí prestado a mi amiga aquel libro que buscaba, me cautivó la trama y no pude desprenderme de él hasta el final. Me identifiqué con el personaje, porque también temo demasiado a las ratas; no obstante, descubrí que no era mi mayor miedo. Profundamente me hace temblar la idea de escuchar, otra vez, que lo más vendido de la Feria Internacional del Libro son rompecabezas de dinosaurios.
Tomado de LaOpinión